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​La tendencia a asociar la apariencia de una persona con determinados comportamientos es un ejemplo claro de juicios heurísticos y de atribución errónea. Estos rasgos cognitivos se manifiestan cuando suponemos que, por el hecho de que alguien vista de una manera concreta, ya podemos inferir hábitos como el consumo de sustancias. Esta categorización simplista ignora la variabilidad individual y refuerza estereotipos sociales que no tienen base empírica. Reconocer estos mecanismos es esencial para fomentar una mirada crítica y evitar conclusiones que, aunque automáticas, son metodológicamente infundadas y socialmente injustas.

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